Las claves del ‘rap’ (Diego A. Manrique)

Interesantísimo reportaje sobre el rap y su evolución escrito por Diego A. Manrique:

En 25 años, el raquítico árbol que era el rap del Bronx neoyorquino se ha convertido en un bosque frondoso queocupa todo el planeta y parece impenetrable. Aquí van algunas pistas para entender su triunfal evolución.

– ORÍGENES CALLEJEROS. Aunque muchas culturas tienen formas expresivas donde se habla – canta sobre fondos musicales, el rap es una creación neoyorquina… con raíces jamaicanas. Nació junto a los bloques de viviendas del Bronx, en Nueva York: en verano se montaban allí fiestas comunitarias, tomando la coriente de una farola para alimentar los equipos de bandas y dj´s. Uno de ellos, el jamaicano Kool Herc, destacaba a mediados de los setenta: multiplicaba los fragmentos instrumentales (breaks) de temas favoritos, pinchando copias del mismo vinilo en varios giradiscos.
Recordando los tosters (animadores) de Jamaica, Herc contaba también con Coke La Rock, un MC (Maestro de Ceremonias) que soltaba frases pegadizas. En el clima competitivo de las noches del Bronx, aquellas ocurrencias crecieron: Grandmaster Flash aportó precisión y espectacularidad al arte de pinchar; Grand Wizard Theodore añadió el scratching, el sonido de la aguja recorriendo adelante y atrás el surco de un disco. Y las exhortaciones del MC se transformaron en narraciones extensas, sobre el colchón instrumental que aportaba el dj. Un tal DJ Hollywood, que trabajaba en Manhattan, repetía por el micro la coletilla “hip, hop”, que terminaría sirviendo como nombre alternativo para la nueva música.

– MECÁNICA INTERNA. La primera erupción pública fue Rapper´s delight, del Sugarhill Gang, de 1979 (es el disco al que se refiere el protagonista de Aserejé). La base estaba tocada por músicos de carne y hueso, una práctica que caería en desuso: el rap descubrió los prodigios de la tecnología musical, especialmente del sampler, máquina que permite tomar fragmentos preexistentes y alargarlos o modificarlos.
Así, el rap adquirió a nobleza del “arte pobre”: se supone que creaba en habitaciones, sin instrumentos, con una mínima inversión y fuera de la supervisión de la industria fonográfica. En realidad, eso era un espejismo. Surgen constantemente productores estelares que usan equipos sofisticados y cobran caro su trabajo. La técnica del sampleo fue rápidamente controlada: expertos y abogados detectan cualquier elemento ajeno a un éxito de rap y arrancan una considerable tajada para el dueño de la grabación o el autor del tema. El resultado final es que el rap, al nivel sonoro que se practica hoy en la primera división, es una de las músicas más costosas de elaborar.

– MANDÍBULA DE CRISTAL. El rap que se practica en Estados Unidos tiene flancos débiles. Los artistas llevan fecha de caducidad; pocos desarrollan una carrera extensa. Los grupos (NWA, Fugees, Wu-Tang Clan) tienden a separarse o atomizarse. Aparte de L. L. Cool J o Jay Z, pocos solistas mantienen trayectorias exitosas. Es cierto que muchas retiradas son voluntarias: Ice-T o Queen Latifah vieron que hay más dinero – y menos peligro – en el cine, mientras que alquimistas tipo Dr. Dre se quedan en las sombras aportando su sabiduría a Snoop Doggy Dogg o Eminem.
El rap que se practica en todo el mundo rara vez ofrece directos estimulantes. El concierto de rap normal suele tener la emoción de una función de colegio y la brillantez de una noche de karaoke. Sólo se escapan los que llevan un grupo tocando detrás, reforzados por pregrabados y el inevitable dj. O los que, como Eminem, cuentan con presupuesto suficiente como para montar shows desbordantes de pantallas, bailarines y alta tecnología de Las Vegas.

– MALA REPUTACIÓN. La música de cualquier generación aspira a irritar a sus predecesores. El rap logró ese objetivo con creces: el mundo adulto determinó que era vulgar, monótono, escasamente original (por los citados sampleos) y, finalmente, moralmente reprobable. A finales de los ochenta, desde California se lanzó el gangsta rap, que mitificaba las armas y hablaba de sexo con máxima crudeza. En contra se levantaron reverendos y activistas de la minoría africana, por una vez aliados con la derecha republicana, que toleraba los excesos del rap mientras su público estaba en el gueto, pero se indignaba cuando caían en jóvenes oídos blancos.
La guerra contra el rap ha sido una de las más feroces dentro del campo de batalla cultural. Llegó a Washington, se convirtió en una pesadilla para grandes empresas (Warner, Universal) que distribuían discos deslenguados, soliviantando a fiscales con querencia por los focos, dificultó la celebración de conciertos, convirtió a los raperos en objetivos a perseguir (la Policía de Nueva York cuenta con una unidad dedicada exclusivamente a su vigilancia).
Pero el potencial económico del rap era demasiado grande. Y ha terminado colándose en la televisión, el cine, la pulicidad. Hasta el Ejército de Estados Unidos organiza campañas de reclutamiento en comandita con The source, una de las principales publicaciones raperas.

– EXPANSIÓN MUNDIAL. El banderín de enganche del rap ha sido muy efectivo. Su mito – expresión de minorías de la periferia urbana – hace que el fenómeno se reproduzca en todas las latitudes, potenciado por modas paralelas: el break dancing y, sobre todo, el grafitti. Y por la misma moda: zapatillas, cazadoras, gorras, pantalones inmensos (de hecho, hay estrellas del rap que ganan más dinero por sus patrocinios y por sus líneas de ropa que por la música).
Todo ello no hubiera sido posible sin la adaptabilidad del rap a cualquier lenguaje y su (relativa) economía de producción, que facilita su multiplicación en los márgenes de la industria musical. Sin olvidar su carácter de cerrado clan, sospechoso de todo el mundo circundante, pero aglutinado por un sentido de solidaridad internacional.

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